El deseo por reconectarnos con la fuente natural del vino se intensifica, lo mismo que la disposición de las bodegas mexicanas para guiarnos hacia nuevos referentes sensoriales.

Después de meses de permanecer en casa y frente a las pantallas, la aspiración de establecer un vínculo tangible con la naturaleza del vino parece estar en su punto más alto. El enoturismo representa un medio abierto y palpitante para lograr ese ensamble ideal.

No hay que olvidar, claro, que las condiciones para propiciar el encuentro han cambiado. La pandemia ha generado un fuerte impacto en todos los ámbitos del turismo, pero también ha acrecentado nuestra inclinación, como viajeros, por destinos menos concurridos, que practiquen la sostenibilidad y sean responsables en todos los sentidos.

Foto. © Casa Madero

En respuesta a este interés, el Consejo Mexicano Vitivinícola (CMV), en palabras de su directora, Paz Austin, llamó a sus miembros a incorporar rampas para sillas de ruedas, caminos podotáctiles y a capacitarse en lenguaje de señas, en busca de consolidar una industria más inclusiva con destinos enoturísticos para todos.

Durante el periodo de mayores restricciones, Casa Madero reflexionó sobre la conservación del medio ambiente y su compromiso social, al mismo tiempo que desarrolló nuevos productos turísticos centrados en aprovechar grupos reducidos de invitados para ofrecer experiencias mucho más personalizadas.

Contemplar desde lo alto de un mirador el oasis en medio del desierto de Coahuila; recorrer los viñedos para, después, conocer el interior de la bodega y del museo del vino y participar en una cata-degustación como antesala de una comida especial con platillos de autor…

Foto. © Casa Madero

Así se conforma una de las vivencias que hoy ofrece la vinícola más antigua de América. El objetivo es que el aprendizaje que se lleven los visitantes sobre el arte de producir vino, el legado centenario de Casa Madero y la espectacular naturaleza que le rodea sea un acontecimiento memorable y una inspiración para regresar a los dominios del Valle de Parras, al pie de la Sierra Madre Oriental.

Aunque la temporada más importante es la vendimia en verano (entre julio y agosto), lo cierto es que, en la actualidad, cualquier fin de semana es idóneo para visitar la vinícola y el pueblo mágico de Parras de la Fuente. Es importante planear el viaje, mantenerse informado sobre las medidas preventivas locales y anticipar la reservación.

TERRITORIO DE VINOS

Las vendimias son motivo de alegría para los vitivinicultores porque representan un agradecimiento a la tierra por los frutos que se habrán de transformar en elíxir de vida. Luego de un año de estar canceladas en todo el país, en Guanajuato han comenzado a celebrarse estas fiestas y se extenderán hasta octubre, con las medidas de seguridad que exige el contexto actual.

Foto. © Viñedos San Lucas

Los vinos del Valle de la Independencia son la representación más sensible de un territorio bondadoso para el cultivo de la vid; tierra llena de historia, de patrimonios culturales y naturales, cuya enología renació con gracia tras años de permanecer en el letargo.

Ese devenir se rememora en el Museo del Vino de Guanajuato. En este moderno recinto, con cinco salas interactivas, se congregan todas las etiquetas que se producen en la entidad. El estado es el cuarto productor de vino a nivel nacional, con 700,000 botellas y 385 hectáreas cosechadas.

Viñedos San Lucas aporta una parte importante a la producción: 150,000 botellas al año, bajo la marca La Santísima Trinidad. Y es en los salones de cata de la vinícola donde se puede disfrutar de una degustación de sus nobles producciones o una cena-maridaje íntima.

También es posible adentrarse en el conocimiento del olivo y la lavanda a través de talleres personalizados, o bien, simplemente deleitarse en sus espacios al aire libre, recorrer los viñedos a pie o en bicicleta y, finalmente, admirar cómo el atardecer cobija las hojas de la vid.

Foto. Archivo Forbes México

Además de contar con una ubicación estratégica, en San Miguel de Allende, que lo conecta con la capital del país y todas las ciudades del Bajío, San Lucas (al igual que sus viñedos hermanos: La Santísima Trinidad y San Francisco) posee un hotel boutique y un campo de polo de alto nivel. Será en estas instalaciones deportivas, en el marco del encuentro ecuestre más importante del año, donde comenzarán a celebrarse semanalmente, al llegar el otoño, las cosechas.

HORIZONTES DIVERSOS

Citar la Ruta del Vino de Baja California es vital en el tema que nos ocupa, porque en ella la naturaleza se expresa en diversidad de climas, suelos y paisajes. Está formada por ocho valles: Tijuana, Tecate, Guadalupe, El Tule, Ojos Negros, Uruapan, Santo Tomás y San Vicente.

El Valle de Guadalupe, sin embargo, es enigmático. En él se encuentran, de manera única, lo ancestral con lo contemporáneo, la tradición con la innovación; el verde de los viñedos con el almagre de los oteros.

Foto. © El Cielo

Esos contrastes se manifiestan en vinos de gran expresión, que se han colocado en los podios internacionales y que se pueden probar en mari- daje con opciones gastronómicas del campo a la mesa.

A las experiencias privadas, conducidas por sommeliers, la vinícola El Cielo ofrece a los invitados más distinguidos la oportunidad de adentrarse en su bodega para hacer un ensamblaje y crear, así, un vino de su propia autoría. Finalmente, tras un día lleno de emociones, nada mejor que relajarse en un paraíso propio y disponerse a observar, al calor de una fogata, las estrellas y su reflejo en el lago que yace en el resort.